Hola, Clara. Es una excelente pregunta y un dilema muy habitual cuando se busca aprovechar al máximo los ingredientes en la cocina.
Desde el punto de vista estrictamente botánico y nutricional, la piel del mango es comestible y contiene una concentración apreciable de fibra, vitaminas A, C y E, y compuestos antioxidantes como la mangiferina. No obstante, en la práctica culinaria y por motivos de salud, no suele recomendarse su consumo directo por varias razones que te detallo a continuación.
En primer lugar está la presencia de urushiol, un compuesto orgánico aceitoso presente en las plantas de la familia Anacardiaceae, a la que pertenece el mango (y también la hiedra venenosa). En personas sensibles o con predisposición alérgica, el contacto o la ingesta de la piel puede provocar dermatitis de contacto, irritación en los labios, inflamación en la boca o molestias gástricas.
En segundo lugar influyen la textura y el sabor. La piel suele ser dura, cerosa, fibrosa y con un regusto notablemente amargo y astringente debido a los taninos, lo que arruina la experiencia de sabor dulce y suave de la pulpa.
Por último, al ser una fruta que suele tratarse durante el cultivo y transporte, la piel puede acumular restos de pesticidas y ceras protectoras difíciles de eliminar por completo solo con agua.
Para no desperdiciar esa pulpa que queda adherida a la corteza, te recomiendo dos técnicas muy eficaces: utilizar un pelador de verduras basculante (tipo pelador de patatas) en lugar de un cuchillo grande para retirar una lámina finísima, o bien cortar los laterales del mango y deslizar la pulpa contra el borde de un vaso de cristal para separar la piel limpia y aprovechar hasta el último gramo.