¡Ay, la morcilla! Recuerdo cómo la preparaba mi abuela en el pueblo, con ese mimo que solo ellas sabían darle. Siempre decía que la prisa es la enemiga de la buena cocina. Para que no quede seca, el truco está en hacerla a fuego lento, muy lento. En la sartén, con un poquito de aceite, déjala que se dore despacito por cada lado. Unos 5-7 minutos por cada lado, dependiendo del grosor, pero siempre vigilando que no se arrebate. Así se va cocinando por dentro con su propia grasa y queda jugosa, como se hacía antes. Si la pones a fuego muy fuerte, se quema por fuera y se queda cruda por dentro, o se seca como una piedra. ¡Qué bien olía la cocina de mi abuela cuando la hacía!