Hola Clara, es una excelente pregunta y es un problema muy común al iniciarse con la bechamel, pero verás que con un par de pautas técnicas siempre te saldrá perfecta.
El secreto principal radica en la preparación del roux y la temperatura de la leche. Para una lasaña, una proporción ideal es utilizar 50 gramos de mantequilla, 50 gramos de harina de trigo común y unos 600 a 700 mililitros de leche entera, según qué tan densa te guste la textura final.
Primero, derrite la mantequilla en un cazo a fuego medio-bajo. Añade la harina toda de golpe y remueve con unas varillas metálicas durante uno o dos minutos. Este paso es fundamental: si no cocinas la harina sabrá a crudo, pero ten cuidado de no tostarla de más para que mantenga su color blanco.
El truco infalible para evitar los grumos es calentar previamente la leche (debe estar tibia o caliente, nunca fría de la nevera) e integrarla de forma progresiva. Vierte primero un chorrito pequeño mientras bates enérgicamente con las varillas. Al principio se formará una pasta espesa; no te preocupes, sigue batiendo hasta que se absorba por completo. Luego añade otro poco de leche y repite la operación. Una vez que hayas incorporado la mitad de la leche y la mezcla esté homogénea, puedes verter el resto sin miedo.
Deja que la salsa hierva a fuego suave durante unos cuatro o cinco minutos sin parar de remover, raspando bien el fondo y los bordes para que no se pegue. Al hervir, el almidón terminará de espesar y lograrás esa textura suave y cremosa que buscas.
Para terminar, retira del fuego y sazona con sal, un toque de pimienta blanca molida y una pizca de nuez moscada recién rallada.
Si por alguna razón llegara a formarse algún grumo rebelde, no tires la preparación: pásale la batidora de mano durante unos segundos o cuélala con un colador fino y quedará completamente lisa.
Espero que te sea de mucha utilidad para tu lasaña. Mucho éxito en la cocina.