Hola, Carmen. Es un placer leer su consulta; la curiosidad por los ingredientes es el verdadero corazón de la buena cocina.
Desde la perspectiva del estudio de los productos, la diferencia entre la sal marina y la sal común o de mesa va mucho más allá de una simple etiqueta comercial, aunque ambas compartan la base de cloruro sódico.
La sal común suele extraerse de minas terrestres mediante procesos industriales donde se disuelve, se purifica y se seca a altas temperaturas. Este proceso crea cristales cúbicos microscópicos, muy densos y homogéneos. Además, habitualmente se le añaden compuestos como ferrocianuro de sodio o silicato de calcio para evitar que se apelmace con la humedad, e incluso yodo. Estos aditivos pueden llegar a percibirse con un regusto sutilmente metálico o amargo en paladares sensibles.
Por otro lado, la sal marina se obtiene mediante la evaporación lenta y natural del agua de mar por acción del sol y el viento. Este proceso artesanal permite que conserve pequeñas trazas de otros minerales, como magnesio, potasio y calcio, además de un porcentaje residual de humedad natural. Esta composición le confiere un perfil de salinidad más redondo y menos agresivo en boca.
En cuanto a su aplicación culinaria:
1. En su pan de masa madre: Es fundamental medir siempre la sal por peso y no por volumen. La sal de mesa es mucho más compacta, por lo que una cucharada de sal común pesa bastante más que una de sal marina. Si usa sal marina fina no refinada, aportará un sabor más limpio a la miga y respetará la actividad enzimática y bacteriana de su masa madre sin interferencias de aditivos químicos.
2. En los asados: Durante una salmuera seca previa al horneado, la velocidad con la que la sal penetra en las fibras de la carne varía según la densidad del cristal y la humedad propia de la sal marina, permitiendo una retención de jugos mucho más uniforme.
Espero que esta explicación le sea de utilidad en sus próximas elaboraciones dominicales. Un cordial saludo.