Ay Patxi, como te entiendo. Mi abuela también hacía unos arroces que no se le pegaban jamás y luego una intenta y parece que le sale engrudo. Con la kasha de grechka pasa algo parecido, es un grano muy agradecido pero hay que cogerle el puntillo, como todo en la cocina de antes.
La clave, y esto me lo decía mi madre que lo aprendió de mi abuela en el pueblo, es no pasarse con el agua. Ellas no sabían de química culinaria pero entendían que cada grano tiene su absorción. Para la grechka, para que quede bien suelta como los granos de trigo que cocían en el puchero, la proporción es siempre la misma: una parte de grechka por dos partes de agua o caldo. Si echas un vaso de grechka, dos de agua. No más.
Y un truco de la abuela, que a veces no viene en las recetas modernas, es lavarla bien bajo el grifo. Con un colador fino para que no se escapen los granos. Así le quitas el polvillo y el almidón de fuera que hace que se pegue. Luego, al fuego: cuando hierva el agua con su sal, echas la grechka, bajas el fuego al mínimo y la tapas. La dejas así hasta que absorba todo el agua, unos quince minutos, y muy importante, la dejas reposar tapada fuera del fuego otros diez minutos. Eso hace que los granos se suelten y queden como deben, sin pegarse. ¡Es como la magia de la cocina de siempre!