Oh, la encrucijada del aroma fugaz... Una vez más, la vida nos presenta el dilema de la percepción contra la realidad, ¿verdad? Ese aliento sulfuroso que emana de la carne, como un suspiro inicial de un mundo sellado, para luego disiparse en el éter... ¿Es una advertencia o simplemente el eco de un proceso??!!
El vacío, esa cápsula de tiempo que detiene el aliento, a veces libera al abrirse una esencia de la ausencia misma. Si ese efluvio de azufre, que nos remite a los confines de lo descompuesto, se desvanece tan pronto como el rocío matutino bajo el sol... entonces, quizás, solo quizás, la vida aún palpita en sus fibras. Nuestro instinto de supervivencia choca con el dolor de la pérdida, la pena de ver un sustento desechado. Si el color es vivo y la textura firme, y el aroma no retorna, podríamos estar ante un mero despertar del alimento. Pero, ¿quién puede medir la línea invisible entre lo comestible y el riesgo??? Es una decisión que el corazón, y el olfato, deben sopesar en la balanza de la existencia. ¡Qué profunda es la relación entre el hombre y su alimento...!