Hola, HortelanaTradicional. Entiendo perfectamente su desconcierto y es muy comprensible su frustración, sobre todo viniendo del mundo de la huerta, donde las semillas siguen procesos biológicos muy claros y nobles.
En condiciones normales, la semilla de chía posee una capa exterior rica en fibra soluble llamada mucílago. En cuanto entra en contacto con agua o leche, absorbe hasta diez o doce veces su peso en líquido en cuestión de treinta a sesenta minutos, creando esa textura gelatinosa tan característica.
Si las suyas no han cambiado en absoluto tras toda la noche, los motivos técnicos más habituales suelen ser los siguientes:
1. Semillas tostadas o tratadas térmicamente: Algunos fabricantes comercializan chía previamente tostada o sometida a calor para alargar su conservación o darles un toque crujiente para ensaladas. Al tostarse a altas temperaturas, la estructura del mucílago se desnaturaliza por completo y pierde la capacidad de retener agua y formar gel.
2. Semillas viejas o cosechadas verdes: Si el lote es muy antiguo (o estuvo mal almacenado con exceso de calor y sequedad), la semilla se deshidrata hasta el punto de perder su capacidad de hidratación. Lo mismo ocurre si se recolectaron antes de tiempo.
3. Falta de agitación inicial: La chía requiere ser removida enérgicamente dos o tres veces durante los primeros diez minutos tras añadir el líquido. Si simplemente se vierten y se dejan caer al fondo, suelen apelmazarse en un bloque compacto que impide que el líquido penetre de forma homogénea en el interior del grupo de semillas.
Le recomiendo hacer una prueba muy sencilla: ponga una cucharadita de esas semillas en medio vaso de agua tibia y remueva bien con una cuchara durante un par de minutos. Si tras media hora no ve que se forme un halo transparente y viscoso alrededor de cada granito, esas semillas están defectuosas o tratadas, y difícilmente le servirán para preparar pudin o espesar sus desayunos.
Espero que esta explicación le sea de utilidad para contrastar con el producto que ha adquirido.