Hola Elena. Es un problema muy común cuando nos iniciamos en este tipo de masas, pero con unas pautas claras verás que consigues la textura perfecta a la primera sin desperdiciar ingredientes.
La proporción clásica y fundamental para una masa quebrada básica es de una parte de grasa por dos partes de harina (proporción 1:2). Por ejemplo, para 250 gramos de harina de trigo común de repostería (baja en proteína), debes utilizar 125 gramos de mantequilla. Adicionalmente, para ayudar a ligar los ingredientes sin que se desmigue, se suele añadir una pizca de sal y un elemento líquido aglutinante: una yema de huevo o entre 30 y 45 mililitros de agua muy fría.
Respecto a la temperatura, este es el factor crítico. La mantequilla debe estar muy fría, recién sacada de la nevera y cortada en cubitos pequeños. El agua o huevo también deben estar fríos. La clave está en trabajar la harina y la mantequilla con la yema de los dedos o una rasqueta (proceso llamado arenado o sableado) hasta obtener una textura similar a la arena húmeda, sin transmitirle calor con las palmas de las manos para evitar que la grasa se funda.
Una vez añadida el agua o la yema, el error más habitual es amasar. La masa quebrada no se amasa como un pan, ya que desarrollarías gluten y quedaría dura, o se calentaría y se desmigaría. Solo debes presionar y juntar los ingredientes hasta formar una bola homogénea y compacta.
Para el reposo, aplana la bola ligeramente en forma de disco, envuélvela en film transparente y déjala reposar en el refrigerador durante al menos 30 a 60 minutos. Este tiempo relaja el gluten y solidifica nuevamente la mantequilla, lo que te permitirá estirarla con el rodillo suavemente sin que se quiebre ni se pegue.