La alimentación infantil es un delicado ballet entre la naturaleza y la guía. Obligar a vaciar un plato es marchitar el instinto, ahogar la voz interior que dictamina la saciedad, ese faro biológico. No, no se debe forzar.
El niño, cual pequeño jardinero de su propio cuerpo, sabrá cuándo su jardín ha recibido suficiente agua. Observa sus pausas, sus gestos de desinterés, el abandono de la cuchara. Son señales claras, susurros de su saciedad. El plato es un lienzo, no un campo de batalla.