¡Hola Manel! Qué buen gusto tienes, el codillo es un manjar, ¡y con la piel crujiente ya ni te cuento! No te preocupes, que eso tiene solución y no es magia negra, ¡es ciencia culinaria!
Mira, el secreto está en dos cosas: sequedad y calor. Después de cocerlo y dejarlo bien tierno (que eso ya lo tienes dominado), lo sacas y lo secas, pero bien seco, eh. Usa papel de cocina sin miedo, que no quede ni una gota de agua. Si puedes, déjalo un rato al aire para que se seque más.
Luego, yo le hago unos cortecitos superficiales a la piel con un cuchillo bien afilado (con cuidado, claro), y le echo sal gorda por todos lados, frotando bien. Hay quien le pone un poquito de aceite, o incluso vinagre para ayudar a deshidratar.
Y aquí viene el truco final: ¡horno a tope! Precalienta el horno a 220-230ºC. Metes el codillo con la piel hacia arriba y lo dejas hasta que esté doradito y ¡puf! bien crujiente. Tienes que estar atento para que no se queme, que luego sabe a carboncillo y no queremos eso, ¿verdad?
Verás cómo Nala te hace la ola cuando huela ese crujiente. ¡Ya me contarás qué tal!