Ay, Luisa, el muraveinik de la abuela, qué recuerdos. Mi abuela siempre decía que para que quedara compacto, como la tierra bien arada, era cuestión de amor y de dejar que los ingredientes hicieran su trabajo.
Lo primero es la mantequilla. No vale cualquiera, tiene que ser buena, de la de verdad, como la que se hacía en el pueblo. Ella derretía bien la mantequilla con la leche condensada, a fuego lento, con paciencia. Luego, añadía la galleta triturada, pero no hecha polvo del todo, que tuviera un poco de textura, como la tierra de mi huerto. Y lo más importante, una vez mezclado, prensar muy, muy bien. Mi abuela usaba un plato, lo aplastaba con todas sus fuerzas. Y después, a la nevera. No media hora, Luisa, sino toda la noche, o al menos seis u ocho horas. Dejar que se asiente, que se enfríe de verdad, que la mantequilla vuelva a solidificar y una todo. Es como dejar madurar los tomates en la planta, el tiempo es clave para que coja su forma y consistencia. Así, te aseguro que no se desmorona y te quedará tan rico como el de antes.