¿Te apetece algo rico para el desayuno y solo tienes un par de minutos libres? ¡Anímate a hornear estas galletas «Pyshki»! Es de esos bocados que te transportan a la infancia, cuando el olor a repostería recién hecha inundaba toda la casa. Te traigo la receta más sencilla del mundo, con ingredientes que seguro que ya tienes en la nevera. El secreto de su textura inconfundible está en la mezcla de kéfir y smetana (nata agria), que hace que la masa quede increíblemente manejable y tierna. Al hornearse, estas galletas suben bastante, consiguiendo una corteza dorada y muy apetecible, mientras que el interior se mantiene suave y esponjoso.

Las galletas «Pyshki», doradas y tiernas, son el postre perfecto para tomar el té en casa. Sírvelas con leche para disfrutar del sabor más clásico.
Ingredientes:
- 250-300 g de harina de trigo
- 1 cucharadita rasa de levadura química
- 130 ml de kéfir
- 30 g de smetana (nata agria)
- 100 g de azúcar blanco
- 1 sobre de azúcar avainillado
- 150 g de mantequilla
- 1 huevo
- una pizca de sal, un poco de aceite para engrasar
Cómo preparar las galletas «Pyshki»
Mezcla los ingredientes secos: la harina de trigo, el azúcar blanco, el azúcar avainillado, una pizca de sal fina y la levadura química. Remueve bien para que quede una mezcla homogénea.

Mezclamos muy bien todos los ingredientes secos. Esto garantiza que las galletas suban de manera uniforme y tengan la textura adecuada.
Añade a los ingredientes secos la mantequilla (o margarina), que debe estar ablandada hasta tener la textura de una crema espesa. Un truco fácil para ablandarla: córtala en dados, ponla en un bol de metal y colócalo en el fregadero con agua muy caliente. En un par de minutos, hasta la mantequilla congelada se derretirá un poco y parecerá una crema espesa. Mezcla esta mantequilla con los ingredientes secos, incorpora el kéfir (un lácteo fermentado similar al yogur líquido), la smetana (nata agria) y un huevo grande.

Incorporamos a la base seca la mantequilla, el kéfir y el huevo. En este paso se crea el delicado sabor a mantequilla de nuestras futuras galletas.
Amasa bien. La masa debe quedar suave y manejable. Si la notas muy dura, echa un chorrito más de kéfir o nata agria; si, por el contrario, está muy líquida, espolvorea un poco más de harina. Por eso pongo la cantidad de harina aproximada: lo importante es que la masa mantenga su forma y no se desparrame. Cubre el bol con papel film y mételo en la nevera durante 30 minutos.

La masa debe quedar suave y elástica. Después de amasarla, es imprescindible dejarla reposar en la nevera para que sea más fácil trabajar con ella.
Espolvorea la tabla y el rodillo con un poco de harina, pon la masa y estírala hasta dejar una plancha de 1,5 centímetros de grosor.

Estiramos la masa con el rodillo hasta tener una plancha de unos 1,5 centímetros de grosor. No la dejes muy fina para que las galletas queden esponjosas por dentro.
Coge un vaso pequeño de cristal fino (tipo chupito) y recorta círculos. Puedes juntar los recortes, volver a estirarlos y sacar más galletas. Si tienes cortapastas de metal con formas, también sirven perfectamente.

Un vaso pequeño de cristal es una herramienta fantástica para cortar círculos perfectos. También te sirve cualquier cortapastas de repostería.
Pon una hoja de papel vegetal sobre la bandeja del horno, engrasa el papel con un poco de aceite (de girasol o de oliva suave) y coloca las galletas dejando un poco de separación entre ellas.

Colocamos las galletas en la bandeja. Deja un poco de espacio entre ellas, ya que en el horno crecerán bastante.
Precalienta el horno a 200 °C. Introduce la bandeja a media altura. Hornea durante unos 12 minutos. El tiempo exacto dependerá de tu horno, así que vigílalas de cerca: en cuanto las galletas suban y estén doraditas, puedes sacarlas. Espolvorea las galletas ya listas con una mezcla de azúcar glas y canela molida, o con unas escamas de sal, ¡quedarán buenísimas!

Sacamos las galletas doradas del horno. Lo más importante es no pasarse de tiempo para que mantengan su característica textura tierna y suave.
Lo ideal es servir las galletas «Pyshki» enseguida, mientras aún guardan el calor del horno. Tradicionalmente las acompañamos con un vaso de leche fría o una buena taza de infusión aromática. Si quieres darles un toque especial, prueba a espolvorear las galletas calientes con una mezcla de azúcar glas y canela, o incluso una pizca de sal en escamas para contrastar los sabores.
Si te sobran galletas para la tarde, no te preocupes: se conservan estupendamente en un recipiente hermético para que no se resequen. Para que recuperen ese punto de «recién hechas», dales un golpe de calor en una sartén sin grasa o unos segundos en el microondas. La próxima vez, si te apetece experimentar, prueba a añadir a la masa ralladura de limón o un puñado de pasas; le dará unos matices interesantísimos a esta receta clásica.
0 comentarios