El hipo es esa rara ocasión en la que un adulto en su sano juicio acepta beber agua por el borde opuesto del vaso, doblado por la mitad, mientras alguien de la casa espera escondido tras la puerta para saltar y pegarle un grito en el momento justo. Y todo esto se hace a la vez, por si acaso. Al cabo de un minuto el ataque se pasa, y ya es imposible saber qué ha funcionado: el agua, la postura, el susto o si simplemente se ha ido solo.
Resulta curioso que estos métodos se contradigan entre sí: uno te pide respirar con calma, otro dejar de respirar por completo y el tercero busca un subidón de adrenalina. Aun así, todos tenemos a ese conocido al que su truco particular «siempre le funciona». Vamos a ver por qué formas tan distintas de quitar el hipo a veces dan el mismo resultado, cuáles son seguras y en qué momento el hipo deja de ser una simple anécdota cotidiana.
Tabla de contenidos
- De dónde sale ese «hip» tan corto
- Por qué aparece el hipo y por qué justo ahora
- Cómo quitar el hipo: por qué el agua, aguantar la respiración o un susto a veces funcionan
- Qué hacer ahora mismo si tienes hipo
- Qué cosas no debes hacer bajo ningún concepto
- Qué pasa si el hipo no se va
- El hipo en los niños: menos experimentos y más calma
- Cómo conseguir que el hipo te visite menos
- No hace falta derrotar al hipo a cualquier precio
De dónde sale ese «hip» tan corto
Lo primero que notamos es el sonido, aunque todo empieza más abajo, en el diafragma: ese gran músculo con forma de cúpula situado entre el pecho y el abdomen que hace el trabajo principal cuando inspiramos.
Cuando tienes hipo, el diafragma (normalmente junto con los músculos intercostales) se contrae de forma brusca e involuntaria, haciéndote tomar aire de golpe. Pero ese aire no llega a los pulmones a tiempo porque la glotis se cierra casi al instante. El flujo de aire choca contra ese cierre, las cuerdas vocales vibran de golpe y así nace el famoso «hip».
Qué está pasando por dentro en ese momento
El hipo es un acto reflejo y, como tal, sigue un circuito nervioso. En la parte sensorial participan el nervio vago (el mismo que recorre la garganta, el esófago, el estómago y el tórax), el nervio frénico y las fibras simpáticas de la zona torácica. La señal viaja hasta el tronco del encéfalo y la parte alta de la médula espinal. Desde allí, la orden regresa por el nervio frénico hasta el diafragma, mientras otras ramificaciones nerviosas mandan cerrar la laringe.
No hace falta que te aprendas los nombres. Lo que importa es la lógica: el hipo recorre un largo circuito que va desde el estómago y la garganta hasta el cerebro y vuelve, por lo que cualquier irritación en casi cualquier punto del recorrido puede activar el bucle. Por eso mismo te puede dar hipo tanto por darte un atracón como por beber un refresco con gas o por un cambio brusco de temperatura en la boca.
Todavía no se ha encontrado un «centro del hipo» exacto y tampoco está claro para qué nos sirve este reflejo a los adultos. Por esa razón, tampoco existe un remedio infalible para cortarlo.
Por qué no puedes parar simplemente queriendo
Puedes toser a propósito o respirar hondo cuando quieras. Con el hipo ese truco no vale: es un reflejo que escapa a nuestro control consciente, así que por mucho que te ordenes parar, no va a funcionar. De ahí viene toda la creatividad popular: como no podemos apagar el interruptor directamente, llevamos siglos intentando influir en él de forma indirecta a través de la respiración, el acto de tragar o estimulando la garganta. Y, por extraño que parezca, no es una mala estrategia.
Por qué aparece el hipo y por qué justo ahora
La mayoría de las veces todo empieza con un estómago distendido. Al estar situado justo debajo del diafragma, si aumenta de volumen de golpe puede irritarlo. A partir de ahí, la lista de culpables te sonará: comer deprisa, comer de más, tragar trozos grandes sin masticar bien, los refrescos con gas, el alcohol, tragar aire, el contraste brusco entre un plato muy caliente y algo frío, o reírse en la mesa.
Cómo la propia mesa se convierte en un campo de minas
Imagina la escena: te estás tomando una sopa muy caliente a toda prisa, te quemas, das un trago a un refresco helado de la nevera, contestas a una pregunta con la boca llena y encima te ríes. En medio minuto has reunido casi todos los detonantes posibles: choque térmico, distensión del estómago, aire extra y un ritmo de deglución descontrolado. Después de eso, lo raro sería no tener hipo. Y lo mismo pasa cuando bebes con pajita, masticas chicle o comes cualquier cosa caminando por la calle.
De todas formas, un ataque corto suele terminarse antes de que descubras al culpable, y es completamente normal. A veces el hipo aparece porque sí: por nervios, por cansancio o con el estómago vacío. Un episodio breve y aislado no significa absolutamente nada.

Comer deprisa, reírse en la mesa y combinar platos muy calientes con bebidas frías son detonantes habituales del hipo.
Cómo quitar el hipo: por qué el agua, aguantar la respiración o un susto a veces funcionan
Los trucos caseros no «curan» el hipo. Lo que hacen es cambiar el ritmo al que respiras y tragas, o bien estimular los nervios que participan en ese arco reflejo.
Hay dos explicaciones bastante lógicas. Por un lado, el frío y el acto de tragar envían señales intensas a través del nervio vago; por otro, hacer una pausa al respirar eleva ligeramente el nivel de dióxido de carbono en la sangre. Te aviso desde ya: son explicaciones fisiológicas, no certezas absolutas. Apenas existen estudios científicos rigurosos sobre esto, así que no hay una fórmula universal. Por eso, a la hora de probar, importa mucho más que el método sea seguro que el hecho de que prometa milagros.
Un vaso de agua
Es la opción más sensata, pero con una condición: bebe despacio y a sorbos pequeños. Mientras tragas, interrumpes la respiración y obligas a que cambie su ritmo, al tiempo que el agua fresca estimula los nervios de la garganta. Olvídate de todo lo que convierta beber agua en un número de circo: beber doblado hacia delante, por el borde opuesto del vaso o cabeza abajo no es más eficaz, pero sí bastante más peligroso porque te puedes atragantar fácilmente.
Aguantar la respiración
El mecanismo está claro: la pausa altera el ritmo respiratorio y sube un poco el dióxido de carbono. Pero no te lo tomes como una competición. La referencia es aguantar con calma entre diez y quince segundos después de una inspiración normal, sin forzar y sin intentar batir ningún récord. Si notas mareo, pitidos en los oídos o cualquier incomodidad, para de inmediato y respira tranquilo: desmayarse es mucho más peligroso que el propio hipo.
Un buen susto
Es cierto que un estímulo emocional repentino puede cortar de golpe el patrón respiratorio. Sin embargo, no deberías contar con el susto como método: el efecto es impredecible y no sale a la carta. Además, si ya estás esperando que alguien te grite, el factor sorpresa desaparece.
También hay una cuestión práctica. Ese ayudante que salta desde detrás de la puerta puede causar más problemas que el hipo en sí, sobre todo si te pilla con un cuchillo en la mano, sujetando una sartén caliente o subido a una escalera. Y una regla de oro: nunca jamás intentes asustar a personas mayores, niños o gente con problemas de corazón.
Azúcar, limón, gárgaras y demás folclore
Tomar una cucharadita de azúcar, chupar un gajo de limón, hacer gárgaras con agua fría o chupar un hielo son trucos que estimulan la faringe y la parte posterior de la boca, así que siguen la misma lógica. Aunque la evidencia científica es débil, en cantidades razonables resultan inofensivos. Eso sí, descarta de inmediato las variantes peligrosas: con una cucharada grande de azúcar seco es muy fácil atragantarse, jamás debes ponerte una bolsa en la cabeza, y presionar los globos oculares, masajear fuerte el cuello o provocarse el vómito son prácticas de riesgo.
Qué hacer ahora mismo si tienes hipo
Si eres un adulto y tienes un ataque de hipo normal y corriente, sigue estos pasos:
- Haz una pausa. Deja de comer, beber y hablar. Siéntate, aflójate el cinturón o el cuello de la camisa y haz unas cuantas respiraciones suaves y regulares. No intentes coger todo el aire que puedas.
- Prueba un solo truco. Bebe despacio un poco de agua fresca o aguanta la respiración unos segundos sin forzar. Elige un método, no cinco seguidos: combinarlos todos no acelera el resultado, pero sí multiplica el riesgo de atragantarte o acabar mareado.
- Aparta al posible culpable. Deja a un lado el refresco con gas o la copa de vino, no sigas comiendo bocados grandes y dale una tregua a tu estómago.
- Observa cómo evoluciona. Un episodio normal suele pasarse solo en pocos minutos. Lo importante aquí no es lo fuerte que suene el «hip», sino cuánto dura, si se repite constantemente y si viene acompañado de otros síntomas.
Qué cosas no debes hacer bajo ningún concepto
No te cortes la respiración hasta el límite ni aguantes hasta pasarlo mal. No te presiones el cuello ni los ojos, y no asustes a nadie que esté cocinando frente a los fogones, en una escalera o con un cuchillo en la mano. No tragues alimentos secos en grandes cantidades, no bebas en posturas acrobáticas con las que sea fácil ahogarse y olvídate de usar bolsas de plástico para respirar. Por supuesto, con niños pequeños todas estas prácticas están terminantemente prohibidas.
Y recuerda una cosa: un remedio casero deja de ser inofensivo en el preciso instante en que necesita una escalera de mano, una bolsa o un cómplice dispuesto a pegarte un grito a traición. Si el remedio parece un truco de circo, es que lo es.
Qué pasa si el hipo no se va
Un ataque normal dura desde unos pocos segundos hasta varios minutos y desaparece por sí solo. Cuando el hipo dura más de 48 horas, los médicos lo llaman hipo persistente. Y si se alarga más de un mes, pasa a considerarse hipo intratable. Son situaciones raras, pero tanto uno como otro pueden ser la señal de que ocurre algo más en el organismo y requieren que los valore un médico.
A qué señales debes prestar atención
El motivo principal para pedir cita con el médico es que el episodio dure más de dos días seguidos, o bien que el hipo vaya y venga constantemente hasta el punto de no dejarte dormir, comer o beber con normalidad. Si notas pérdida de peso o un cansancio extremo, tampoco lo dejes pasar, porque un hipo prolongado llega a ser físicamente agotador.
Cuándo no se puede esperar
Busca atención médica urgente si el hipo viene acompañado de dificultad para respirar, dolor en el pecho o en el abdomen, vómitos, confusión, debilidad repentina, problemas para hablar o un dolor de cabeza muy fuerte, así como si ha empezado después de darte un golpe en la cabeza. En un escenario así, los remedios caseros sobran. Eso sí, ten en cuenta que nadie diagnostica una enfermedad solo por el hipo: es un síntoma demasiado general como para apuntar a una sola causa sin hacer pruebas.
Por qué un hipo de días no se arregla con un vaso de agua
El hipo persistente puede estar relacionado con ciertos medicamentos, con el reflujo gastroesofágico u otros problemas digestivos, con afecciones en el tórax, trastornos del sistema nervioso o alteraciones metabólicas. La lista es amplia a propósito: cuando el hipo no se va, el objetivo es buscar la causa de fondo, no probar otro truco de la abuela. Por eso el médico te preguntará qué fármacos tomas, si te han operado recientemente o qué otros síntomas notas.
El hipo en los niños: menos experimentos y más calma
En los bebés el hipo es el pan de cada día y casi nunca significa nada malo. Por lo general, tiene que ver con las tomas: el pequeño ha comido muy rápido o mucha cantidad, ha tragado aire, el estómago se ha llenado y ha acabado empujando un poco el diafragma. Curiosamente, esto suele agobiar mucho más a los padres que al propio bebé.
Qué puedes hacer para ayudarle
Basta con hacer una pausa en la toma, colocar al bebé en posición vertical apoyado sobre tu hombro, ayudarle a echar los gases y dejar que se relaje. Si pasados unos minutos sigue con hipo, puedes retomar la toma un ratito, ya que el propio acto de succionar y tragar a veces ayuda a cortarlo. Si hablamos de niños más mayores, la clave está en que coman más despacio y en trozos pequeños.
Lo que jamás debes hacer: asustar al niño, obligarle a aguantar la respiración, tirarle de la lengua, ponerlo boca abajo, darle agua a un lactante sin que lo haya indicado su pediatra o darle alimentos con los que pueda atragantarse. Aquí los «remedios tradicionales» de los adultos no solo son inútiles, sino directamente peligrosos.
Cuándo llamar al pediatra
Conviene consultar con el médico si el hipo dura uno o dos días o si impide que el niño coma o duerma bien. También debes llamar si observas otras señales: muestras claras de dolor o incomodidad, regurgitaciones muy abundantes, vómitos, si arquea la espalda hacia atrás al comer o si lo notas muy apagado. Por supuesto, si ves que le cuesta respirar o cambia el color de su piel, busca ayuda médica de inmediato. Y ante la duda, si te quedas más tranquilo, llama al pediatra y cuéntale lo que pasa.

Cuando un bebé tiene hipo, basta con mantenerlo en posición vertical para ayudarle a expulsar el aire.
Cómo conseguir que el hipo te visite menos
La prevención empieza y termina en tus hábitos en la mesa; es sencilla, pero funciona muy bien. Acostúmbrate a comer más despacio y en bocados más pequeños, mastica con calma, evita hablar mientras tienes comida en la boca, no pases de un plato hirviendo a una bebida helada al segundo, modera los refrescos con gas y el alcohol, y no sigas comiendo hasta reventar solo por no dejar nada en el plato: un estómago demasiado lleno es el detonante más habitual.
Haz memoria de las últimas dos o tres veces que tuviste hipo: ¿empezaron después de comer a la carrera mirando el reloj, tras una copa de cava, en medio de un ataque de risa en la cena o al repetir plato por tercera vez? Muchas veces el patrón se repite. Si lo identificas, basta con cambiar ese pequeño hábito. Tampoco hace falta que lleves un diario de observación; el hipo no merece tanto protagonismo.
No hace falta derrotar al hipo a cualquier precio
Volvamos a la pregunta del título. Llevarse un susto no vale la pena: es una lotería con demasiados riesgos. Beber agua está muy bien, pero hazlo tranquilo y a sorbitos. Aguantar la respiración sirve siempre que sea muy poco rato y sin forzar la máquina. La inmensa mayoría de los ataques cortos desaparecen solos, así que cualquier truco que te haya «funcionado» probablemente solo coincidió con el momento en que el hipo iba a irse de todos modos.
Resulta mucho más útil entender qué está pasando entre tu diafragma y tu garganta, elegir una maniobra segura en lugar de una acrobacia vistosa y conocer los límites a partir de los cuales el hipo deja de ser una tontería. Dos días seguidos, episodios que vuelven una y otra vez o no poder comer, beber ni dormir en paz ya no piden otro experimento casero, sino una charla con tu médico.
Todo lo demás puedes dejarlo pasar con paciencia. Al final, esperar tranquilo suele ser el remedio más eficaz de todos.


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